"Los espectros que aún recorren Europa" de Álvaro Muñoz Robledano - Prologo de "Ven Conmigo"

RobledanoPrologo de la novela "Ven Conmigo"

Visto desde la orilla, desde cualquiera de las muchas orillas en las que nos situamos, podemos decir que la historia nos ha derrotado, y que nos queda el triste consuelo de negarle la mayúscula que la ortografía exige. Porque la ortografía ignora lo que siempre hemos intuido: que no existe la Gran Historia; que, parafraseando a Brecht, cuando alguien afirma que Napoleón venció en Austerlitz pareciera que lo hizo él sólo, que no contó con medio millón de infantes, artilleros, soldados de caballería, carreros, cocineros, furrieles… pero fueron ellos los que vencieron, y sus motivos no tenían que ver, en la mayor parte de los casos, con la gloria de Francia, sino con el reclutamiento forzoso, la paga o la mera supervivencia. En pocas ocasiones los ciudadanos han decidido enfrentarse por su cuenta y riesgo a la tiranía, a la explotación, a los privilegios insensatos. Cada uno de esos momentos ha supuesto belleza y esperanza; también terror, aprendido generación tras generación por los soldados, los carreros, los furrieles… todos aquellos a los que Bonaparte llamaba "carne de cañón".

Cualquiera de nosotros.

No hay ideología que no sea profundamente humanista, ni religión, ni sentimiento patriótico, ni ninguna otra coartada. Todas cuantas se han forjado hasta ahora han tomado al hombre por razón y estandarte. Todas persiguen su progreso, su salvación o su orgullo. Ninguna se pregunta de qué hombre habla.

Borges sí lo hizo: ¿todos los empleados de pompas fúnebres, los carteros, los buzos, todos los que viven en la acera de los números pares, todos los afónicos?" Ya sé que es un recurso retórico más que una verdadera pregunta; que nunca ha habido dudas, ni hoy las hay, acerca de quiénes son los oprimidos y quiénes los opresores, quiénes los privilegiados y quiénes los humillados. Y sé que el historiador no hace sino narrar el proceso de la humillación y las tentativas de emancipación, como sé que tal pelea no ha terminado, ni tiene visos de terminar, ni pronto, ni bien. Pero desde siempre me ha asustado la facilidad con que la suerte de cada individuo se ha perdido en la abstracción de la clase social, del pueblo elegido o de la patria. Quizás la tiranía consista tan sólo en ignorar que el dolor, el placer, el miedo y la esperanza de cada uno le pertenecen tan sólo a él. No son transferibles, no son negociables; ni siquiera es posible olvidarlos o relativizarlos. Aunque en tantos momentos haya sido preciso renunciar a ellos con determinación, con heroísmo incluso, en nombre del futuro.

Pero, a pesar de siglos de sacrificios y lucha, el futuro no termina de llegar.

Aún quedan viejos militantes comunistas con los que hablar, veteranos de guerras perdidas y resistencias secretas y abnegadas; luchadores contra el fascismo que durante décadas optaron por diluirse en el Partido, en sus cuadros y en su estrategia. Fue duro para ellos, occidentales cuyo sueño se desarrollaba en el otro extremo de Europa, perseguidos por la tiranía y la corrupción de sus estados, creyentes inquebrantables ante cualquier noticia que desdibujase su utopía. La mayoría entregó lo mejor de ellos mismos, su vida incluso, para resquebrajarse al escuchar una frase que estuvo en boga a principios de los años noventa, puesta en boca de los habitantes de la antigua República Democrática de Alemania: "hemos descubierto que lo que nos contaron del socialismo era mentira, y que lo que nos contaron del capitalismo es verdad". Aún quedan viejos militantes comunistas con los que hablar,

y en ellos resuena, entre la tos del enfisema y la blandura de una boca sin dientes, la decepción. Decepción por la traición, por la negación de sus propios principios, por la represión, por la creación de un nuevo clasismo basado en el aparato burocrático. Decepción cuando comprendieron que la revolución se había detenido en la Unión Soviética para dejar paso al estado, del mismo modo que en nuestros muy avanzados y libres países la democracia se ha vestido de realidad financiera y se ha desentendido de las consecuencias que la razón mayor deja tras de sí, sobre nosotros.

Tanto a ellos como a nosotros nos han robado, una vez más, el futuro.

Lo que me pregunto es qué puede hacer el individuo, qué puedo hacer yo, o usted, o el afónico del portal de número par, más allá de la mera supervivencia. Quizás olvidar la historia, deshacerse de sus cláusulas y sus voces. También de las cláusulas y las voces de nuestra historia personal. No se trata de encerrarse en el pasado, tampoco de cerrarlo bajo siete llaves pretendiendo que nunca sucedió. Quizás lo que usted, los afónicos, los viejos militantes comunistas, incluso yo, podemos hacer es afrontar una vez más el presente. Reconocernos en el momento que habitamos a cada momento, y pelear por mantenerlo; asumir el dolor, el placer, el miedo y la esperanza como propios. Este es el futuro que nos espera, el que podemos poseer, el que tenemos que pelear. Un lugar que tal vez no existe, pero en el que la opresión no termina de instalarse; en el que cabe lo vivido como parte de lo que queda por vivir. Un lugar en el que decir a alguien Ven Conmigo es un acto supremo de libertad.

Madrid, junio de 2016

Álvaro Muñoz Robledano

"La casa di Helene"

casa heleneEn mi fantasia Helene Sanz, la protagonista de mi ultima novela, vive acà en esta casa de plaza Serrano en el barrio de Palermo (BA). En este lugar està un ristorante que por casualidas se llama con el mismo apellido de Helene. Acà una breve lectura de Emèt.

05:30 am
Tenía unas ganas imparables de salir a ver el alba y darle la bienvenida a los primeros rayos de sol. Le pedí a Alicia que me hiciera compañía y ella me complació. Necesitaba salir de la casa para mitigar una especie de claustrofobia que me estaba amordazando, así que dimos una vuelta por la cuadra. Cuando regresamos de nuevo a la casa, ya me sentía mejor.  
•Gracias Alicia - le dije tomándola de la mano.
•¿Por tan poco? - contestó ella.
•Sí, ¿de qué te asombrás? Cuando se envejece, los pequeños gestos son los que te hacen sentir bien.
Alicia sonrió. Luego me preguntó si quería volver a la casa o proseguir.
•Quisiera quedarme un poco más, si no te molesta - le respondí.
Cruzamos la calle y nos dirigimos hacia el centro de la plaza.
•¡Usted está muy apegada a este lugar! - comentó.
•¿Cómo lo supiste?
•No lo sé, tal vez de cómo se mueve y de cómo observa las cosas. Se nota que éste es su ambiente natural.
•¡Así es, querida!
•¿Y no le daba nostalgia cuando vivía en Europa?
•¡Por supuesto! Tenés que saber que me crié aquí y en cada lugar del barrio he dejado una parte de mí. Es éste también el motivo de mi regreso.
•Entiendo - contestó Alicia.
Esta vez, conté las cosas en modo más simple de cómo acontecieron en realidad. Omití indicarle a Alicia las dificultades que tuve que superar para ambientarme de nuevo en esta ciudad, después de haber estado lejos por casi cuarenta años. La vida en Francia me convirtió en una extranjera, y cuando volví a Buenos Aires parecía un alma en pena. Por otra parte, regresaba de un exilio forzado, y además con una hija adulta. Los primeros momentos fueron duros, como cuando me fui.
No quería caer en la profundidad de ciertos temas y, para distraerme de esos pensamientos incrustados en la mente, me puse a caminar, intentando focalizarme en otra cosa. Alicia me seguía en silencio, como lo hace una monja novicia con la madre superiora. Aprecié mucho ese gesto y se lo dije, recalcando una vez más su capacidad para hacerme sentir bien. Durante todo el tiempo de la entrevista, Alicia nunca fue invasiva, ni dijo una palabra fuera de lugar, ni siquiera cuando, por el cansancio mostré signos de intolerancia.
•¿Sus padres emigraron? - me preguntó cambiando de tema.
•Sí, llegaron de España y se establecieron aquí.
•¡Una sabia decisión! - agregó ella - para mí de toda Buenos Aires este es uno de los barrios que ha mantenido su esencia.
•Hay un punto preciso de la plaza en donde prefiero estar. Es allí abajo, hacia la calle Honduras; vamos, te lo enseño.
Cruzamos el área del parque y llegamos frente a un pequeño anfiteatro. Era una estructura en concreto conuna escalera de caracol y un entresuelo en el centro, que servía como escenario. Alrededor habían colocado unos paneles de plexiglás, para proteger al público del viento, durante los espectáculos ofrecidos de manera gratuita por los generosos artistas callejeros. Antes, el anfiteatro estaba rodeado por una verja de madera, que funcionaba como soporte a una maravillosa enredadera de trinitaria. Me detuve a pensar en el tiempo transcurrido y en la misma historia “del tranvía y del terminal” que me contaba mi abuelo. A pesar de que hubiera compartido poco con mi familia de origen, por haber elegido a los diecisiete años de dejarme llevar por el remolino de la independencia, recuerdo con gusto el período de mi adolescencia.
•¡Cuando era nena, jugaba a menudo aquí! La plaza no era tan turística como la ves ahora, pero para los habitantes del barrio era un importante lugar de reunión.
Le conté a Alicia que por las noches de verano, muchas veces se solía reunirse en el pequeño anfiteatro. Las mujeres traían empanadas, dulces hechos en casa y vino tinto. Pasábamos así algunas horas alegremente: nosotros los nenes, jugábamos a saltar la cuerda, mientras los adultos fumaban y hablaban de política. Estaba Domenico, siempre listo para retar a mi abuelo al truco, con la esperanza de obtener una revancha tan deseada como improbable. Sin embargo, puntualmente no lograba superar el reto y terminaba para él la noche con el habitual mal humor. Cerré los ojos y recordé el ruido de las cartas lanzadas con fuerza y las risas colectivas de los numerosos espectadores. Me acordé también de la tranquilidad de esos años.

 

אמח, Emèt, Verità - Nota di Maria Rosaria Fazio

La verità o emèt è il sigillo di Dio secondo i rabbini. Le tre lettere di questa parola sono la prima, quella di mezzo e l’ultima dell’alfabeto ebraico. La verità deve essere piena e sufficientemente ampia per contenere tutte le lettere, tutte le parole, tutta la vita. Applicando le tecniche della qabbalàh, se stacchiamo la א (valore negativo = no) dalle altre due lettere מח (morte) possiamo interpretare così: la non- verità conduce alla morte; fermarsi, non fare il possibile per capire e comunicare, è una forma di morte. 

Per contrasto, שקר shéqer o il «falso» consiste di tre lettere strette l’una all’altra verso la fine dell’alfabeto. Esse costruiscono un loro piccolo circolo chiuso, dove si critica e sussurra tra pochi vicini, non permettendo alla luce della verità di risplendere al suo interno. Il sigillo divino della verità ci ordina di essere onesti e di vivere con integrità. Questa riguarda ogni aspetto della nostra vita, dagli affari al modo in cui esprimiamo la nostra fede in Dio. Nella Bibbia, emèt viene usata solo in relazione ad una convinzione profondamente sentita ed incrollabile; essa è in stretto rapporto con la parola emunàh o “fede”. La veridicità del nostro punto di vista è dimostrata da quanto fermamente tale punto di vista viene mantenuto. In definitiva le cose per le quali siamo disposti a vivere e a morire diventano la nostra verità personale. È in questo spirito che la liturgia ebraica aggiunge la parola emèt alla conclusione dello shemà, confermando la nostra testimonianza personale alla verità di Dio.

Maria Rosaria Fazio

Nota di Lisa Palmieri Billig su "Emèt - Il dovere della verità"

Italiano

Lisa Palmieir BilligMentre le vecchie generazioni spariscono e ne nascono di nuove, mentre la tragedia della disumanità dell'uomo verso l'uomo si ripete nuovamente sotto varie forme di violenza, di guerra, di tortura e di genocidio, mentre i testimoni diretti vanno scomparendo, la società civile cerca sollievo dal disagio e dal tormento del ricordo dei peccati del passato. Parliamoci chiaro: non sopportiamo che ci venga ricordato che noi, o i nostri antenati, conformandosi alla maggioranza silenziosa, siano rimasti indifferenti o abbiano scelto di ignorare, o persino scelto di partecipare ad atti di persecuzione e a omicidi. Persino la commemorazione annuale della Shoah, la Giornata della Memoria in ricordo del peggior genocidio del 20° secolo, viene tragicamente sempre più spesso vissuta con un certo senso di fastidio. Ricordare e rievocare le sofferenze umane rinnova il dolore, e noi tendiamo a rifuggire dal dolore. A volte siamo come i girasoli, che in cerca di luce e calore, ci voltiamo e ci chiudiamo per evitare che il buio inghiottisca il nostro essere.Suscitare sensi di colpa senza canalizzarli in azioni costruttive può avere effetti negativi.

Uno di questi è la tendenza Machiavellica di riscrivere la storia, nota anche come “revisionismo storico” - che purtroppo è sempre più comune nei nostri tempi.Nel profetico romanzo di George Orwell, 1984 (scritto nel 1949), riscrivere la storia era il compito del Ministero della Verità, il cui scopo veniva cinicamente descritto così: "Chi controlla il passato controlla il futuro. Chi controlla il presente controlla il passato". Oppure, come scrisse il filosofo, romanziere e poeta ispano-americano George Santayana  in Reason in Common Sense, pubblicato nel 1905: "Coloro che non ricordano il passato sono condannati a ripeterlo.” Oggi ci troviamo di fronte alla sfida umanistica dell’insegnare la storia in modi che servano non solo ad arricchire la conoscenza, ma anche a suscitare empatia e a creare baluardi contro gli atti di crudeltà in tutte le sue forme. Le espressioni artistiche, e in particolare l'arte della narrazione, sono probabilmente tra i mezzi più efficaci in questo senso, perché raggiungono allo stesso tempo gli strati più profondi della sensibilità mentale ed emotiva. La narrativa, nelle sue forme scritte e audiovisive, è spesso uno strumento educativo più efficace di una semplice recitazione dei fatti. E lo diventa ancor di più quando la storia che viene raccontata riflette le vere storie di un'epoca.
Il romanzo di Nicola Viceconti, Emèt (parola ebraica che significa "verità"), sottotitolato Il dovere della verità, è un esempio riuscito di questo processo. Attraverso un thriller rapido e mozzafiato che è anche un pezzo di narrativa ben scritto, l'autore ci conduce nel mondo dimenticato dell’Argentina dopo la seconda guerra mondiale, quando l'America Latina serviva come rifugio non solo per le vittime ma anche per i carnefici, per i sopravvissuti dei campi di concentramento ma anche per i criminali di guerra nazisti che cercavano di mascherare il proprio passato comprando l’anonimato nei passaporti falsi. I fatti storici riguardanti le organizzazioni e gli individui che aiutarono impunemente gli ex comandanti delle SS ad integrarsi, incontrastati, nella società argentina, emergono in un primo momento quasi come note a piè di pagina. Si portano a poco a poco in primo piano nella storia avvincente dell’incontro portentoso tra Helene, famosa attrice ottantenne, e Alicia, la giovane giornalista che viene a intervistarla e finisce per trascorrere la nottata sul divano del soggiorno, ascoltando il suo racconto. Quella notte, Alicia comincia a mettere insieme i pezzi della vita di Hélène, modellandoli in una nuova, completa e sconvolgente verità. Le due donne scoprono che, in modi diversi, lo stesso passato ha condizionato entrambe le loro esistenze.
Il lettore viene trascinato nel misterioso racconto di una scomparsa, in una serie di picchi inaspettati che si rinnovano astutamente, accrescendo la suspense. Il significato del sottotitolo del libro Il dovere della verità, permea la storia in modo quasi subliminale. Le ferite indelebili inflitte al popolo ebraico dal regime nazista, e l’indomani argentino della Seconda Guerra Mondiale e come questo abbia influenzato la vita di entrambe le donne, si rivela nello sviluppo del racconto. Allo stesso tempo, sentiamo il bisogno urgente di Helene di dissipare la nebbia dell'oblio e delle bugie che circondano il passato della sua persona e del suo paese. Nicola Viceconti non è nuovo a questo tema. E’ autore infatti di altri tre romanzi ambientati nel contesto argentino, che trattano temi legati al dovere della verità, e in particolare quello dei desaparecidos, le migliaia di giovani scomparsi in Argentina nel periodo della dittature tra il 1976 e il 1983, torturati in centri segreti di detenzione e poi assassinati. In tutte le sue opere, Viceconti mantiene i suoi lettori incollati alla pagina. Eccelle nell’abilità della narrazione, riuscendo a trasmettere il contesto storico quale parte integrante del racconto, aumentando in questo modo l'interesse per quel periodo e stimolando ulteriori domande. Emèt immerge il lettore all’interno di un'epoca cruciale, aprendo una finestra su delle verità che troppo spesso vanno ad annidarsi in qualche zona remota del subconscio collettivo. Il romanzo riesce a farci riflettere sulla memoria di questo passato. Mentre i personaggi sono esplicitamente frutto di fantasia, i fatti che vengono riferiti sono reali e possono essere verificati nei libri di testo e negli archivi della Seconda Guerra Mondiale.

Lisa Palmieri Billig


Lisa Palmieri-Billig è nata a Vienna da genitori ebrei. Nel 1938, dopo l'Anschluss nazista dell'Austria, emigra con la famiglia negli Stati Uniti dove vive fino all'inizio degli anni sessanta, periodo in cui decide di trasferirsi in Italia per dedicarsi all'insegnamento (lingua e letteratura inglese). Corrispondente storica del Jerusalem Post a Roma è vaticanista per il Vatican Insider-La Stampa e rappresentante in Italia e presso la Santa Sede dell’ American Jewish Committee (AJC). Per 25 anni ha ricoperto la carica di vice presidente della sezione europea di Religions for Peace.

Castellano

Lisa Palmieir Billig

Mientras las viejas generaciones desaparecen y nacen otras nuevas, mientras la tragedia de la inhumanidad del hombre hacia el hombre se repite nuevamente bajo distintas formas de violencias, de guerra, de tortura y de genocidio, mientras los testimonios directos van desapareciendo, la sociedad civil busca alivio al malestar y al tormento del recuerdo de los pecados del pasado. Seamos claros: no soportamos que nos recuerden que nosotros, o nuestros antepasados, uniéndose a la mayoría silenciosa, se mostraran indiferentes o que hayan elegido ignorar o incluso que hayan tomado la decisión de participar a actos de persecución y homicidio. Inclusive la conmemoración anual de la Shoah, el Día de la Memoria que recuerda el peor genocidio del siglo 20, trágicamente se vive cada vez más con un cierto sentido de molestia. Recordar y conmemorar los sufrimientos humanos reconstruye el dolor, y nosotros tendemos a huir de él. A veces somos como los girasoles, que en busca de luz y calor, damos la vuelta y nos cerramos para evitar que la oscuridad se trague nuestro ser.

Despertar sentimientos de culpa sin canalizarlos en acciones constructivas puede tener efectos negativos. Uno de estos es la tendencia Maquiavélica de reescribir la historia, conocida también como “revisionismo histórico” - que lamentablemente es muy común en nuestros tiempos. En la profética novela de George Orwell, 1984 (escrita en el 1949), reescribir la historia era una tarea del Ministerio de la Verdad, cuyo objetivo estaba cínicamente descrito así: “Quien controla el pasado, controla el futuro”. O, como escribió el filósofo, novelista y poeta hispanoamericano George Santayana en Reason in Common Sense, publicado en el 1905: “Los que no se acuerdan del pasado, están condenados a vivirlo de nuevo.” Hoy día estamos frente a un reto humanista de enseñar la historia en maneras que sirvan no sólo para incrementar el conocimiento, sino también para despertar la empatía y crear baluartes contra los actos de crueldad en todas sus formas. Las expresiones artísticas, y en particular el arte de la narración, probablemente son entre los medios más eficaces en este sentido, porque alcanzan al mismo tiempo los estratos más profundos de la sensibilidad mental y emotiva. La narrativa, en sus formas escritas y audiovisuales representa a menudo un instrumento educativo más eficaz que una simple recreación de los acontecimientos. Y llega a serlo aún más cuando la historia que se cuenta refleja las historias reales de un tiempo.

La novela de Nicola Viceconti, Emèt (palabra hebrea que significa “verdad”), subtitulada El deber de la verdad, es un ejemplo de logro de este proceso. A través de un thriller rápido e impresionante, el cual es también una parte narrativa bien escrita, el autor nos lleva al mundo olvidado de la Argentina después de la segunda guerra mundial, cuando América Latina servía como refugio no sólo para las víctimas, los sobrevivientes de los campos de concentración, sino también para los verdugos y los criminales de guerra nazis que intentaban enmascarar su propio pasado comprando el anonimato en pasaportes falsos. Los hechos históricos referentes a las organizaciones y a los individuos que ayudaron impunemente a los ex comandantes de las SS a integrarse sin impedimentos en la sociedad argentina, salen a la luz en un primer momento casi como notas a pie de página. Se llevan poco a poco a primer plano en la cautivadora historia del singular encuentro entre Helene, famosa actriz de ochenta años, y Alicia, la joven periodista que va a entrevistarla, trascurriendo la noche en el sofá de la sala de estar escuchando su relato. Aquella noche, Alicia empieza a juntar las piezas de la vida de Helene, tomando la forma de una nueva, completa e impactante verdad. Las dos mujeres descubren que, de manera diferente, el mismo pasado condicionó sus vidas. Se arrastra al lector al misterioso cuento de una desaparición, en una serie de picos inesperados que se renuevan vivamente, aumentando el suspenso. El significado del subtítulo del libro El deber de la verdad, impregna la historia de una manera casi subliminal. Las heridas imborrables infligidas al pueblo judío por el régimen nazi, el porvenir argentino después de la Segunda Guerra Mundial y cómo haya influenciado la vida de ambas mujeres, se revelan en el desarrollo del relato. Al mismo tiempo, sentimos la fuerte necesidad de Helene en querer disipar la niebla del olvido y de las mentiras que rodean su pasado y el de su país.
No es un tema nuevo para Nicola Viceconti. De hecho, es autor de otras tres novelas ambientadas en un contexto argentino, que hablan de temas relacionados al deber de la verdad, en modo particular sobre los desaparecidos, los miles de jóvenes desaparecidos en Argentina durante el período de las dictaduras entre el 1976 y el 1983, torturados en centros secretos de detención y luego asesinados. En todas sus obras, Viceconti mantiene a sus lectores pegados a la página. Se destaca en la capacidad de narración, logrando transmitir el contexto histórico como parte integrante del cuento, acrecentando así el interés hacia ese período y estimulando la formulación de interrogantes. Emèt sumerge al lector dentro de una época crucial, abriendo una ventana sobre una de las verdades que muy a menudo terminan por establecerse en algún lugar remoto del subconsciente colectivo. La novela logra hacernos reflexionar sobre la memoria de este pasado. A pesar de que los personajes sean explícitamente producto de la fantasía, los hechos a los cuales se hace referencia son reales y se pueden verificar en los libros y archivos de la Segunda Guerra Mundial.

Lisa Palmieri Billig


Lisa Palmieri-Billig nació en Vienna, de padres judíos. En el 1938, después del Anschluss nazi de Austria, emigra con la familia a los Estados Unidos donde vive hasta el comienzo de los años sesenta, período en el cual decide mudarse a Italia para dedicarse a la enseñanza (Lengua y Literatura inglés). Corresponsal histórica del Jerusalem Post en Roma, es vaticanista por el Vatican Insider-La Stampa y representante en Italia y en la Santa Sede del American Jewish Committee (AJC). Durante 25 años cubrió el rol de vicepresidente de la sección europea de Religions for Peace.

Nota di Osvaldo La Valle su "Nora López - detenuta N84"

Italiano

Osvaldo La ValleLa voce prepotente e ossessiva dei militari, che hanno governato dal 1976 al 1983 in Argentina, si è fatta sentire in ogni angolo del paese: dalla chiassosa Buenos Aires, alla silenziosa Patagonia; dalla terra del Malbec alle regioni povere dell’interior; da Mar del Plata alle montagne rosse di Misiones. Nei circa 350 Centri Clandestini di detenzione, le tre forze armate (Esercito, Aeronautica e Marina) hanno seminato il terrore, colpendo persone di ogni età e ceto sociale. Per sette anni quella voce prepotente e ossessiva ha soffocato le urla strazianti di migliaia di persone sistematicamente torturate, prima di essere confinate nel nulla. Oggi, i responsabili di tanti lutti e di infinita disperazione, parlano con la voce rauca, per via dell’età, ma il tono e il significato delle loro parole è sempre lo stesso, ugualmente arrogante, trasudante la macabra ideologia di sempre, espressione di un pensiero squilibrato e irrispettoso dei diritti umani fondamentali. E’ sufficiente ascoltare le loro parole, in sede di giudizio dei processi, ai quali finalmente vengono sottoposti, o leggere le loro deliranti dichiarazioni, come quella rilasciata recentemente in un’intervista dal genocida Videla, nella quale egli ha asserito di “essere vittima di una vendetta”. Interessante, a tale proposito, è stata la reazione delle associazioni impegnate nella lotta per l’affermazione dei diritti umani, in particolare quella dei rappresentanti degli HIJOS che, in risposta al dittatore, hanno dichiarato testualmente “la nostra unica vendetta è essere felice” o quella delle Abuelas de Plaza de Mayo che, nella persona della Presidente Estela Carlotto, hanno ribadito che “se gli artefici della dittatura sono stati capaci di fare quello che hanno fatto, è chiaro che continuino a difendere la loro posizione”. La voce dei torturatori, pertanto, oltre a creare indignazione, offre uno strumento di conoscenza in più nel percorso di recupero della memoria che l’Argentina sta attraversando con coscienza e maturità. Essa è utile come ennesima prova delle nefandezze e atrocità commesse, soprattutto per coloro che non hanno vissuto quel triste periodo.

Il romanzo, “Nora Lopez, detenuta N84” di Nicola Viceconti, si inserisce in questo contesto. Leggendolo, ho trovato originale la scelta di mettere in risalto, per buona parte della narrazione, la voce di chi rappresentava il male. E, anche se è stato particolarmente doloroso e impegnativo trovarmi di fronte alla voce di un repressore, reputo opportuno mostrare al lettore, in forma diretta e autentica, il pensiero “tipico” di un responsabile di quei crimini efferati. Ho trovato molto interessante il confronto tra il boia e la giovane Livia, figlia di Nora Lopez, una delle vittime del regime. Ad interrompere la tranquilla vita del pacifico signor Pontini, arriva inattesa una presenza che innesca il terrore in lui di trovarsi braccato e, nonostante la speranza di sfuggire all’incubo di vedersi scoperto, ecco che arriva inesorabile per lui la punizione: gli HIJOS, insieme alla polizia, celebrano l’arresto del torturatore, durante la festa organizzata per il matrimonio del figlio, il tutto in presenza di un altro complice silente della dittatura, un monsignore, in rappresentanza della chiesa. Questa scena segna la fine di Luis Pontini e dà l’avvio alla sua giusta condanna. Un accenno, infine, lo rivolgo alla giovane eroina Livia Tancredi, personaggio chiave del romanzo, di cui il lettore può cogliere tutte le emozioni di angoscia, rabbia e dolore vissute nel suo viaggio all’inferno. Il motore di tutto questo è stato l’amore per sua madre, alla quale ha restituito la dignità affrontando con coraggio uno dei suoi torturatori. Uno sforzo che alla fine ha generato per entrambe un grande senso di liberazione. Nel concludere questa mia breve riflessione, ribadisco l’importanza della voce come elemento identificativo per eccellenza. Lo dico con cognizione di causa poiché è proprio grazie alla voce che ho potuto riconoscere il “Turco Julian”, uno dei miei torturatori nel Club Atletico. Osvaldo La Valle, ex detenuto del Club Atlético. Al tempo del sequestro era un militante del Partito Socialista dei lavoratori (PST). La notte del 15 luglio 1977, una quindicina di militari entrarono nella sua casa, lo incappucciarono e lo trasportarono in un Centro Clandestino di detenzione che, solo in seguito, Osvaldo scoprì essere il Club Atletico. Al momento dell’ingresso al Centro, i militari sostituirono il suo nome con la sigla K58 e, come tutti i detenuti, subì torture e umiliazioni, fino a quando, il 5 ottobre del 1977, venne rimesso in libertà. Durante il periodo di detenzione Osvaldo La Valle apprese i soprannomi dei militari che operavano nel Club Atletico. Tra questi c’era il famigerato “Turco Julian”, che riconobbe per caso molti anni dopo, ascoltando la sua voce in televisione.

Osvaldo La Valle

 

Castellano

La voz prepotente y obsesiva de los militares, que han gobernado desde el 1976 al 1983 en Argentina, se ha hecho escuchar en todos los rincones del país: desde la bulliciosa Buenos Aires, a la silenciosa Patagonia; desde la tierra del Malbec a las regiones pobres del interior; desde Mar del Plata a las montañas rojas de Misiones. En los aproximadamente 350 Centros Clandestinos de detención, las tres fuerzas armadas (Ejército, Aeronáutica y Marina) sembraron el terror, castigando a personas de toda edad y clase social. Por siete años aquella voz prepotente y obsesiva ha sofocado los gritos desgarradores de miles de personas sistemáticamente torturadas, antes de ser confinadas a la nada. Hoy, los responsables de tantos lutos y de infinita desesperación, hablan con la voz ronca, por la edad, pero el tono y el significado de sus palabras es siempre el mismo, igualmente arrogante, donde se filtra la macabra ideología de siempre, expresión de un pensamiento desequilibrado e irrespetuoso de los derechos humanos fundamentales. Es suficiente escuchar sus palabras, en los juicios de los procesos, a los cuales finalmente son sometidos, o leer sus delirantes declaraciones, como aquella que hizo recientemente en una entrevista el genocida Videla, en la cual afirmó “ser víctima de una venganza”. Interesante, a tal propósito, ha sido la reacción de las asociaciones comprometidas en la lucha por la afirmación de los derechos humanos, en particular aquella de los representantes de HIJOS que, en respuesta al dictador, han declarado textualmente “nuestra única venganza es ser felices” o aquella de las Abuelas de Plaza de  Mayo que, a través de su Presidenta Estela Carlotto, han ratificado que “si los artífices de la dictadura han sido capaces de hacer lo que hicieron, está claro que continúan defendiendo su posición”.

La voz de los torturadores, por lo tanto, además de crear indignación, ofrece otro instrumento más de conocimiento en el recorrido de recuperación de la memoria que la Argentina está atravesando con conciencia y madurez. La misma es útil como la enésima prueba de las infamias y las atrocidades cometidas, sobre todo para aquellos que no han vivido aquel triste período. La novela,“NoraLópez, detenidaN84” de Nicola Viceconti,se ubicaen estecontexto.Leyéndola,encontré original la elección de resaltar este aspecto, en gran parte de la narración, la voz de quien representaba el mal. Y, aunque fue particular mente doloroso y nada fácile ncontrarme delante de la voz de un represor, considero oportuno mostrar al lector, en forma directa y auténtica, el pensamiento“típico”de un responsable de a quellos crímenes feroces. Encontré muy interesante la confrontación entre el verdugo y la joven Livia, hija de Nora López, una de las víctimas del régimen. Para interrumpir la tranquila vida del pacífico señor Pontini, llega inesperada una presencia que provoca el terror en él, por encontrarse acorralado y, a pesar de la esperanza de poder escapar de la pesadilla de verse descubierto, es aquí que llega el castigo inexorable para él: los HIJOS, junto a la policía, celebran el arresto del torturador, durante la fiesta organizada por el matrimonio del hijo, todo esto en presencia de otro cómplice silencioso de la dictadura, un monseñor, en representación de la iglesia. Esta escena marca el final de Luis Pontini y marca el inicio de su justa condena. Una alusión, por último, a la joven heroína Livia Tancredi, personaje clave de la novela, de quien el lector puede tomar todas las emociones de angustia, rabia y dolor vividas en su viaje al infierno. El motor de  todo esto ha sido el amor por su madre, a la cual le devolvió la dignidad enfrentando con coraje a uno de sus torturadores. Un esfuerzo que al final  ha generado para ambas un gran sentimiento de liberación. Para concluir esta breve reflexión que hice, ratifico la importancia de la voz como elemento de identificación por excelencia. Lo digo con conocimiento de causa dado que es justamente gracias a la voz que he podido reconocer al “Turco Julián”, uno de mis torturadores en el Club Atlético.

Osvaldo La Valle