Nota di Manuel Gonçalves Granada

Manuel Gonçalves Granada
 
 

En 1995 yo tenía 19 años y una vida “normal”. Sabía que había sido adoptado y convivía con eso sin mayores problemas, pero desconocía mi origen y eso era algo que tenía un peso muy importante en mí, sobretodo porque pensaba que me habían abandonado, que nadie de mi familia biológica me quería y que eso había determinado que me dieran en adopción. Pensar que había sido abandonado me quitaba las ganas de querer saber de dónde venía. En ese momento vivía con Elena, es mi mamá adoptiva, y me llamaba Claudio Novoa.

Una tarde que parecía una más llegó a mi casa un antropólogo forense, que después de estar varias horas esperando el momento adecuado tomó contacto conmigo. Ese señor al que yo miraba con desconfianza, unos minutos después era quien me estaba contando todo lo que normalmente conocemos de nuestro origen, pero que en mi caso estaba “ausente”. Me dijo que tenía una abuela que me buscaba desde hacía 19 años, que tenía un hermano y una familia biológica que me quería, que mi papá y mi mamá estaban desaparecidos. Fue un día muy extraño para mí, en el mismo momento que me enteraba de que había una abuela que nunca había dejado de buscarme también empezaba a entender el dolor de las desapariciones y la certeza de que nunca conocería a mi mamá y a mi papá.

 

Ana María Granada e Gastón Gonçalves

 

Ese fue el comienzo de mi nueva vida, una vida que me ha sorprendido y que es muy difícil de poner en palabras. Tuve que aprender a vivir con mi nueva identidad, a entender que mi historia personal era parte de la historia más dura y dolorosa de Argentina, que era parte de la lucha de las Abuelas de Plaza de Mayo y que esa vida que había llevado hasta los 19 años nada tenía que ver con este presente.

Todo comenzó a pasar muy rápido y en pocos días conocí a mi abuela Matilde, que como el resto de las Abuelas había luchado y enfrentado infinidad de situaciones, incluso durante la dictadura, para poder encontrarme. La primera vez que la vi yo miraba fijamente la puerta del ascensor esperando que ella bajase del mismo para abrirme la puerta. La había ido a conocer a su departamento y cuando la puerta finalmente se abrió, la imagen de esa señora de pelo blanco y un andar típico de abuela me quedó grabada para siempre. Nos dimos un gran y emotivo abrazo, me invitó a pasar a su departamento y me dio de comer como lo hacen las abuelas, ¡mucho!

Ella guardaba muchos recuerdos de mi papá y de mi mamá y en sucesivos relatos me los fue contando. Esos recuerdos me permitieron conocer un poco más sobre ellos y empezar a entenderme desde las bases de mis orígenes. En poco tiempo ya había entendido que jamas podría devolverle a mi abuela ni a las Abuelas, todo lo que ellas habían hecho por mí, no encontré la manera de devolver tanto amor. Apenas unos días después del encuentro con ella sonó el teléfono de mi casa y cuando atendí una voz desconocida me dijo: “Soy Gastón, tu hermano…”. Esa era otra de las grandes sorpresas que esta nueva vida me estaba dando. Durante 19 años había sido hijo único, no sabía lo que era tener un hermano, pero parecía que conocer mi verdad hacía que todo sea posible.
La primera vez que nos vimos con mi hermano nos quedamos hablando durante ocho horas, necesitábamos conocernos, recuperar el tiempo que nos habían robado y la conexión fue inmediata. Primero nos abrazamos, nos miramos, nos preguntamos cómo estábamos, volvimos a abrazarnos y unos instantes después nos hicimos la otra gran pregunta: “¿De qué cuadro sos?”. A lo que ambos respondimos: “¡De Boca!”. Y en esa respuesta llena de sonrisas empezábamos a encontrar algo en común, éramos de Boca como nuestro papá. Mi hermano ya era papá de tres hijos y eso me convirtió en tío de inmediato. Además él es el bajista del grupo de música “Los Pericos” , muy famoso en Latinoamérica y al cual yo había visto en varios shows, sus canciones me habían acompañado desde hacia varios años y hasta tenía sus cds.

Mi vida no dejaba de darme emociones que jamás hubiese imaginado, por otro lado en mi interior comenzaba una revolución que aún hoy se mantiene viva. La recuperación de mi verdadera identidad es un proceso que comenzó esa tarde de 1995 y parece que me acompañará durante toda mi vida. Cada día siento que recupero mi identidad ya que comienzo el día sabiendo quién soy y eligiendo qué hacer con mi vida. Antes estaba donde los asesinos de mis padres habían decidido que esté, con un nombre y una historia que no eran los verdaderos. La dictadura tuvo un plan sistemático de robo de bebes que fueron arrancados de sus madres en los centros clandestinos de detención, en casos en los que por distintas circunstancias no podía quedarse con los niños; lo que hacían era sustituirles la identidad y entregarlos a otras familias con la colaboración de algunos jueces de menores para que no vuelvan con sus familias biológicas. Mi familia adoptiva actuó de buena fe y sin saber mi origen, por eso sigo manteniendo la misma relación que antes de saber la verdad y estoy sumamente agradecido por el cariño y el esfuerzo con el que me criaron.


Hoy me siento pleno como persona porque pude elegir qué hacer con mi historia y en ese camino elegí ayudar a las Abuelas de Plaza de Mayo en todo lo que esté a mi alcance. En octubre de 2004 me presenté ante la justicia para que se investigue lo que había pasado con mi papá y mi mamá y se lleve a juicio a los responsables de asesinarlos y hacerlos desaparecer. Desde ese momento fui conectándome con los compañeros de militancia de ellos. Incluso algunos habían estado secuestrados junto a mi papá. Todos me han ayudado y sus valiosos testimonios han permitido que llevemos al juicio por el caso de mi papá a cinco imputados, esperamos las condenas para abril de este año. El caso de mi mamá ya tiene fecha de inicio para este año y en el mismo se conocerán los hechos que sucedieron en la mañana del 19 de noviembre de 1976, cuando cuarenta hombres de las fuerzas conjuntas del ejército y la policía rodearon la casa donde vivíamos mi mamá y yo junto con una pareja y sus dos hijitos de 3 y 5 años que, en la misma condición que nosotros, habían llegado a esa casa intentado escapar del terrorismo de Estado que ya había secuestrado a mi papá el 24 de marzo del 76, el primer día del golpe militar. En ese operativo asesinaron a todos los integrantes de la casa menos a mí, que con cinco meses de edad fui el único sobreviviente gracias a que mi mamá me puso en un placard con almohadas para protegerme de los gases lacrimógenos. Al ser encontrado en el interior del placard me sacaron y me llevaron al hospital que estaba a pocas cuadras ya que debido a los gases estaba a punto de morir por asfixia, me recuperé y pasé casi cinco meses en una sala aislado y con custodia policial permanente. Finalmente el juez de menores que intervino me dio en adopción sin tomar ninguna medida para devolverme a mi familia biológica, así perdí mi verdadera identidad.

Durante tanto tiempo había pensado que no me querían y me habían abandonado, ahora sabía que no solo no me habían abandonado sino que estaba vivo gracias a mi mamá, que me había salvado la vida unos momentos antes de ser asesinada… no hay un día en que no piense en ese episodio y en ella que con penas veintitrés años tuvo la valentía de enfrentar a la dictadura junto al joven amor de su vida, mi papá Gastón que al momento de ser secuestrado tenía solo veintiséis años. En todos estos años fui recorriendo esos lugares que han tenido que ver con mis orígenes, ya que eso me hizo sentir más cerca de mi mamá y mi papá. Tuve la necesidad de volver a esa casa de San Nicolás, de hablar con los vecinos que jamás pudieron olvidar los estallidos de las granadas y el ruido de las ametralladoras.

Esos mismos vecinos serán testigos en el juicio que finalmente sucederá este año ya que en Argentina después de la caída de las leyes de obediencia debida y punto final llegó a su fin la dolorosa impunidad que durante muchos años impedía condenar a los genocidas, hoy nuestro país es un ejemplo de Memoria, Verdad y Justicia que permitió el fortalecimiento de las instituciones democráticas para que nunca más se repitan violaciones a los derechos humanos. Siento que la búsqueda de justicia por los 30.000 detenidos desaparecidos no solo permite cerrar un poco nuestras heridas, también es el mejor aporte que podemos hacer a las futuras generaciones. Eso es parte de recuperar mi identidad, el poder ser querellante e impulsar el juicio y castigo a los responsables de toda esta dolorosa historia, el poder elegir mi nombre y así volver a llamarme Manuel, que es el nombre que habían elegido para mí y que nunca debería haber perdido.

Esta historia me ha permitido conocer a muchas personas valiosas que en distintos países nos han abierto sus brazos incluso cuando en Argentina la impunidad era moneda corriente, por eso valoro y respeto el compromiso con que Nicola Viceconti ha reflejado nuestra historia, al leer “Dos veces sombra” me he identificado, sentí admiración por su capacidad para reflejar con su relato la compleja trama de la sustitución de identidad y su novela es un nuevo aporte en la difusión de la lucha de la Abuelas de Plaza de Mayo, que aun buscan a casi cuatrocientos jovenes, incluso algunos de ellos podrían estar en Italia, por eso quiero darle las gracias a Nicola y decirle que lo siento un compañero y amigo.   

 


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